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No es otra estúpida película española

Diatriba al cine social

Un artículo de Pablo Vázquez || 09 / 8 / 2005

Carátula de Los Viajes de Sullivan

En Los viajes de Sullivan, uno de los grandes clásicos de la comedia norteamericana, Joel McCrea encarna a un director de cine empeñado en hacer películas que cuenten las desgracias de los menos favorecidos y que ayuden a concienciar al resto de los mortales. Puesto que sus mecenas consideran que no ha vivido suficientes penurias como para retratarlas, decide prescindir de todo su dinero y convertirse en un indigente durante unas semanas.

En un momento de su odisea, en la que encontrará un compañero de aventuras tan apetecible como la rubia Verónica Lake, el director se verá rodeado de vagabundos en un campo de trabajo, que ríen a carcajada limpia ante un cortometraje con el perro Pluto. Y descubrirá, entonces, la luz: el drama social es una ostentación de la clase alta, para comunicarse con un sector que no quiere oír hablar de su “vivir cada día”. La comedia, desnuda y sin coartadas, es la forma más efectiva de cambiar las injusticias del mundo, o al menos, de hacerlas más llevaderas. Al menos así lo veía Preston Sturges, una opinión autorizada.

Tanto en sus obras más felices como en las menos interesantes (las más recientes entrarían perfectamente en este grupo), el cine social siempre se ha movido en la cuerda floja entre el servicio público y la impostura.

Este artículo, al margen de la evidente voluntad de incordiar, pretende plantear un interrogante sobre una de las modas con las que se ha contagiado nuestro cine en los últimos años, fascinando a la par a crítica y público: la película social y “comprometida”. Una corriente que puede entenderse tanto como un necesario ejercicio de solidaridad por parte del artista, que intenta cubrir una labor superior a la creativa amparado por ilustres precedentes (Rossellini, el primer Fellini, el Nieves Conde de “Surcos”, y en los últimos años, Ken Loach), pero también como una explotación astuta de la desgracia ajena para sumar dividendos o, poniéndonos un poco menos complacientes, como una suerte de cepillado de conciencia de la clase media alta. Concluyendo, tanto en sus obras más felices como en las menos interesantes (creo que las más recientes entrarían perfectamente en este grupo), el cine social siempre se ha movido en la cuerda floja entre el servicio público y la impostura.

Dejemos claro las películas de las que estamos hablando: la mayor parte de la filmografía de Fernando León de Aranoa, exclusive Familia y sus trabajos como guionista (para mí, los más valiosos, inclusive Cha cha cha), Te doy mis ojos, Flores del otro mundo, Poniente,
El otro barrio, El bola, Sólo mía
y alguna más que o no recuerdo o me he propuesto olvidar.
Se trata de obras que, en ocasiones, han generado buenos resultados en taquilla y, por lo general, presentan una impecable factura técnica. Incluso, si no contamos el sopor que me produce Flores del otro mundo y el delirio algo indigesto de Sólo mía, debo reconocer que encajarían dentro de ese cajón desastre de lo que todos entendemos como “buenas películas”.



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