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El atlas de las nubes - especial de cine
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El atlas de las nubes

Identificación universal

Un artículo de Diego Salgado || 22 / 2 / 2013
Etiquetas: El atlas de las nubes / Cine + Literatura /

El tiempo pasa a velocidad inclemente, vertiginosa. Nadie diría que han transcurrido ya diez años desde el estreno de ‘Matrix Revolutions’ (2003), conclusión de una de las propuestas cinematográficas más definitorias de la imagen contemporánea y sus significados. Una saga la de los hermanos Andy y Lana Wachowski capaz de crear adhesiones entusiastas no solo entre los cinéfilos frikis, sino entre pensadores de cualquier rama cultural imaginable. Baste con citar al célebre filósofo eslovaco Slavoj Zizek, que, a propósito del primer film de la trilogía, ‘Matrix’ (1999), escribía: “¿No es una de esas películas que actúan como una especie de test de Rorschach, poniendo en marcha un proceso universal de identificación, como el proverbial retrato de Dios, que parece siempre estar mirándote directamente lo mires desde donde lo mires; una de esas películas en las que se sienten reflejadas casi todas las miradas?”

La cita es larga pero viene muy al caso, porque la nueva realización de Lana y Andy Wachowski, ‘El atlas de las nubes’ (estreno en España: 22 de febrero), constituye también un intento de propiciar en el espectador un proceso universal de identificación, una mirada que trascienda los parámetros genéricos e ideológicos estancos, codificados, asfixiantes, con que el cine suele aproximarse a ese consenso sobre las cosas que llamamos realidad. Y, como sucedía en ‘Matrix’, el propósito de los Wachowski excede en ‘El atlas de las nubes’ la simple apuesta formal para devenir un alegato “contra el orden del mundo”, como la novela de David Mitchell —un tour de force narrativo de seis niveles espacio-temporales comprendidos entre el año 1850 y un futuro apocalíptico— en que basan su película.

Hay sin embargo una diferencia fundamental entre las estrategias formales de Mitchell y las desarrolladas por los Wachowski. El libro del primero (publicado en España por Duomo Editorial) lo componen seis relatos estancos, por mucho que los personajes de cada cual sepan de las peripecias de quienes protagonizan los demás; seis relatos engarzados a la manera de matrioskas, bajo una perspectiva lúdica, en la que a veces adquieren más peso lo referencial y el relativismo que el discurso sedicioso, antitotalitario en todos los sentidos que, sin duda, Mitchell quiere plantearle al lector: “Si una vida humana no es más que una minúscula gota en un océano infinito, ese océano no es a su vez sino una multitud de gotas”.

En el primer relato del libro, ‘El diario del Pacífico de Adam Ewing’, un notario (interpretado en el film por Jim Sturgess) adquiere conciencia en 1850 de las injusticias consustanciales a la esclavitud. En ‘Cartas desde Zedelghem’, Robert Frobisher (Ben Whishaw) intenta armonizar en 1931 su condición de secretario para un veterano compositor con la creación de su propia y revolucionaria música. En ‘Vidas a medias, el primer misterio de Luisa Rey’, una periodista (Halle Berry) trata de denunciar en la California de 1975 los manejos de un conglomerado empresarial que gestiona con negligencia premeditada una central nuclear. En ‘El tremendo calvario de Timothy Cavendish’, un editor británico de nuestro presente (Jim Broadbent) es encerrado en una casa de salud por designio vengativo de su propio hermano. ‘La antífona de Sonmi-451’ acontece en la Corea de 2144, un estado dictatorial contra el que lucha una clon (Doona Bae). Y el sexto, ‘El cruce de Sloosha y toda la vaina’, sobre el cual pivotan los demás relatos, narra las peripecias en la Hawái de 2321 de Zachry (Tom Hanks), miembro de una tribu sojuzgada por otra que se embarca en una peligrosa misión.

Si al lector le parece complicado adaptar semejante suma de narraciones a la pantalla, cuando vea ‘El atlas de las nubes’ se verá sometido a una presión todavía mayor: Los Wachowski han optado por contar los seis relatos a la vez, como si fuesen una sola historia ambientada siempre y en todo lugar, cambiando de escenario cada pocos minutos o incluso segundos… El fruto de la apuesta es tan desigual como fascinante. Debe menos a fórmulas fílmicas o literarias que musicales, a fin de honrar ese concepto tan bello y paradójico de “atlas de las nubes”, extraído sintomáticamente por Mitchell de un conjunto de obras para piano de Toshi Ichiyanagi, que ambiciona ligar a lo largo del tiempo y el espacio las coordenadas de los actos efímeros de rebeldía contra lo establecido que han dignificado, dignifican y dignificarán a nuestra especie.

En cualquier caso, tales pretensiones explican que la película haya tardado cuatro años en concretarse, que su financiación haya corrido finalmente a cargo de los propios Wachowski y un grupo variopinto de productores independientes, y que el alemán Tom Tykwer (‘Corre Lola, Corre’, ‘The International: Dinero en la Sombra’) haya contribuido a la realización de la misma —también a su excelente banda sonora— ocupándose de los fragmentos ubicados en 1931, 1975 y el presente. Tampoco han ayudado a los Wachowski ni la recesión económica que atravesamos ni que su anterior película, ‘Speed Racer’ (2008), estuviese lejos de satisfacer las expectativas crematísticas depositadas en ella.

Y ‘El atlas de las nubes’ poco hará porque Andy y Lana recuperen posiciones en el ámbito del cine comercial, habida cuenta de que su estreno en Estados Unidos se saldó con una taquilla discreta y de que, pese a ser aplaudida durante diez minutos tras su premiere en el Festival de Toronto y haber sido muy tenida en consideración por varias asociaciones de críticos norteamericanos, ha fracasado totalmente en sus aspiraciones por situarse entre las candidatas a premios tan mediáticos como los Oscar o los Globos de Oro. Habrá que recurrir a aquello tan manido de que nos hallamos ante un film de culto al que el tiempo colocará en el lugar que merece. Pero, como eso no sabemos cuándo ni si ocurrirá, lo mejor es que el espectador le dé aquí y ahora una oportunidad a ‘El atlas de las nubes’, una película ante todo valiente.


UN ACTOR, SEIS PERSONAJES

Uno de los aspectos más característicos, comentados y hasta criticados de ‘El atlas de las nubes’ es que cada uno de sus actores principales haya aceptado interpretar una pléyade de personajes, sin distinción siquiera de sexo o raza. Una decisión creativa en sintonía perfecta con el mensaje de “band of brothers” sin fronteras de tiempo o espacio y siempre a favor de la libertad absoluta que pretenden hacernos llegar los Wachowski, y que nos hace disfrutar, bajo maquillajes muy sofisticados, de Tom Hanks, Halle Berry, Hugo Weaving (el agente Smith de la trilogía Matrix), Jim Sturgess, Doona Bae y Hugh Grant en las pieles respectivas de hasta seis caracteres diferentes. Mientras que Jim Broadbent, Ben Whishaw (protagonista asimismo de otro film de Tom Tykwer, ‘El Perfume, historia de un asesino’), Susan Sarandon o Keith David han de conformarse con encarnar “solo” a cuatro o cinco criaturas de ficción.

La arbitrariedad premeditada que rige esta elección de los mismos rostros en diferentes épocas y lugares, redunda además en la suspensión de nuestra credulidad como público, en la artificiosidad que delata en cuanto a la naturaleza de los personajes y los géneros/escenarios que transitan. Nos está hablando de la lucidez con que tanto los artistas como nosotros, los espectadores, somos capaces de afrontar a día de hoy la ficción, y por tanto de cierto agotamiento subversivo de esta y de la posibilidad (o no) de su reinvención como agente dinamitador de lo pactado como real. Productos estrenados en los últimos tiempos como ‘Origen’ (‘Inception’. Christopher Nolan, 2010), ‘Sucker Punch’ (íd. Zack Snyder, 2011), ‘Holy Motors’ (íd. Leos Càrax, 2012) o la franquicia ‘Resident Evil’ (2002-?) insisten en esta misma idea de los personajes y los escenarios líquidos, mutables, intercambiables, que ejercen menos como herramientas escapistas que como reflejos de nuestra propia condición desconcertada, carente de baluartes sólidos.


LOS WACHOWSKI, ANTISISTEMAS EN HOLLYWOOD

¿Puede tacharse de alternativos a los hermanos Wachowski considerando que desde su primer guión, ‘Assassins’ (1995), y su ópera prima como directores, ‘Lazos ardientes’ (‘Bound’. 1996), se han movido sin aparentes problemas en el entorno ultracapitalista de Hollywood? Una pista nos la proporciona el nombre de la compañía desde la que desarrollan sus proyectos, ‘Anarchos Productions’. Otra que Larry Wachowski decidiese hacer público su cambio de sexo para ser Lana en el marco de la promoción de ‘El atlas de las nubes’, al estimar que su acto tenía tanto de individual como de proclama contra un orden determinado del mundo. Y ya hemos apuntado que ese es precisamente el argumento de la película más reciente que ha firmado con Andy.

También la trilogía Matrix estaba recorrida de arriba abajo por reflexiones sobre el determinismo, el libre albedrío, la toma de conciencia individual, el sacrificio por un bien superior y los conceptos nietzscheanos de la voluntad de poder y el eterno retorno. Y ‘Speed Racer’ albergaba una requisitoria muy agresiva contra la cultura corporativa dominadora de la economía mundial desde la conclusión de la Segunda Guerra Mundial; requisitoria que se repite en el fragmento ‘La antífona de Sonmi-451’ de ‘El atlas de las nubes’. Los Wachowski fueron además en 2006 productores de la adaptación cinematográfica de ‘V de Vendetta’, el cómic libertario de Alan Moore y David Lloyd, y de ‘Invasión’ (2007), enésima nueva versión de la fábula con perturbadores implicaciones sociopolíticas ‘La invasión de los ladrones de cuerpos’.

Cabe recordar por último que la citada ‘Lazos ardientes’ pervertía las convenciones del cine negro al convertir en protagonistas a la ‘femme fatale’ y la ‘niña buena’, estereotipos habitualmente secundarios en el género. Más aun, ambos personajes devenían amantes lésbicas, y su escena principal de sexo se filmó en una única larga toma que obligaba al espectador a revisar los lugares comunes que podía esperar de un film de este tipo; los Wachowski dejaron que coreografiase las contorsiones en ese momento de las actrices Jennifer Tilly y Gina Gershon la ensayista feminista Susie Bright.


DAVID MITCHELL, ESCRITOR POSTMODERNO

El autor de la novela en que se basa ‘El atlas de las nubes’ es, como ya se ha mencionado, el británico David Mitchell, nacido en 1969 en Southport (Merseyside). Tras estudiar literatura y enseñarla en Japón, Mitchell decidió volcarse en la escritura, en parte porque siempre había soñado con ello y en parte para compensar un tartamudeo que le ha aquejado desde la infancia. Con solo treinta años sorprendía al mundillo literario con ‘Escritos fantasma’ (1999), una primera obra ya caracterizada por el uso de hasta nueve narradores y por una acción que recorría numerosos lugares del mundo. ‘Escritos fantasma’ perfilaba claramente la imagen de Mitchell como prototipo de escritor postmoderno, global, receloso de la escritura como ejercicio de trascendencia y sabedor de sus muchas deudas con la alta cultura que le ha precedido, con la que establece una relación ambigua.

Después vinieron ‘number9dream’ (2001) y ‘El atlas de las nubes’ (2004), ambas nominadas al prestigioso galardón anglosajón Man Booker. La segunda además está considerada un hito literario de la ciencia ficción producida durante la pasada década, y fue candidata a los premios Nébula y Arthur C. Clarke. En cuanto a su cuarta novela, ‘Black Swan Green’ (2006) —relato de tintes autobiográficos sobre un chico tartamudo que se publicó en España con el título ‘El bosque del cisne negro’— le procuró ser comparado a William Golding y J.D. Salinger, por lo que no es de extrañar que un año después la revista ‘Time’ incluyera a Mitchell en una selecta lista de “las cien personas más influyentes del mundo”.

Su quinta novela, ‘The Thousand Autumns of Jacob de Zoet’, se publicó en el ámbito inglés en 2010. La sexta, aún sin título, girará en torno a una adolescente irlandesa. Mitchell ha tenido tiempo mientras de escribir para otro medio, la ópera, dos libretos: ‘Wake’, con música de Klaas de Vries, y ‘Sunken Garden’, compuesta por Michel van der Aa.