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Sitges 2012: 45ª edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña
Sitges 2012: 45ª edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña

Del 4 al 14 de octubre

Un artículo de Diego Salgado || 14 / 10 / 2012
Etiquetas: Festivales /

Nota: Crónica relatada de última a primera jornada

SÁBADO, 13 DE OCTUBRE


Concluyen aquí nuestras crónicas sobre la 45ª edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña. Una edición que, como viene sucediendo en los últimos años, nos deja una sensación agridulce.

Hay cosas muy positivas: la gran cantidad de películas programadas permite llevarse a casa muchos visionados de interés; los encargados de prensa y protocolo han cumplido su labor con suma eficacia, y los acreditados no nos hemos encontrado con problemas ni logísticos ni de horarios; a un nivel personal, la presencia de numerosos conocidos ha hecho de esta edición la más cálida que recordamos, quizás en detrimento de estas mismas crónicas.

En lo negativo: los temores y derivas expresados en nuestro prólogo se han cumplido, en forma de modelo de festival confuso y agotado, empeñado en buscar cierto aplauso crítico y mediático a costa de traicionar sus esencias (como evidencia el palmarés) y presa de intereses creados que han quedado muy a la vista.

A la espera de lo que pueda brindar el futuro, centrémonos en los títulos protagonistas de la última y extenuante jornada.

Abrió fuego Looper (Sesión de Clausura), una película de ciencia ficción que interpretan Joseph Gordon-Levitt y Bruce Willis (en la imagen) en la piel de un mismo personaje, un asesino a sueldo al que clanes mafiosos del futuro contratan para que mate a víctimas que le llegan del mañana; hasta que frente a su escopeta se planta su yo treinta años mayor…

El guionista y director Rian Johnson ya había demostrado en Brick y The Brothers Bloom saber moverse en géneros diferentes (noir, comedia) con una autoconciencia que subvertía y a la vez reivindicaba lo tratado de cara al espectador. Looper es, con diferencia, su apuesta más ambiciosa, y uno desea que funcione desde el minuto uno a la vista de la minuciosidad y el respeto con que se emplea Johnson en la creación de todo un universo fantástico.

Pese a que ello se logra, y Looper alberga además muchas ideas de interés sobre el tiempo y su influencia decisiva e nuestros intereses y deseos, también se aprecian en exceso sus costuras, la mecánica de su facturación, lo que hace de ella una película menos compleja que complicada.

Lo mismo le sucede casi a Beasts of the Southern Wild (Sesión Especial), para muchos la producción indie de la temporada, por culpa de unos diálogos y una voz en off de impostada poesía que están a punto de echar por la borda la telúrica historia de una niña de color que trata de sobrevivir en Louisiana a un entorno familiar terrible, una sociedad en descomposición y un futuro dudoso como adulta.

Sin embargo, en Beasts of the Southern Wild acaba por imponerse un épico primitivismo audiovisual al borde de la abstracción figurativa, deudor de la tradición del cine de guerrilla estadounidense practicado desde mediados de los cincuenta del pasado siglo a principios de los setenta.

Perfecta resulta en cambio, en su cripticismo formal, Post Tenebras Lux, del mexicano Carlos Reygadas, programada en la Sección Oficial Nuevas Visiones. Realizaciones anteriores de Reygadas como Japón o Luz Silenciosa ya habían sembrado la discordia entre la crítica, y la misma Post Tenebras Lux ha llegado a Sitges precedida a la vez por el premio conseguido al mejor director en Cannes y no pocos exabruptos por su aridez.

En efecto, a lo largo de dos muy largas horas de metraje, se suceden sin ilación en Post Tenebras Lux escenas sobre una familia adinerada y su entorno, que trascienden el tono semidocumental de interpretaciones y localizaciones con estrategias panópticas y caleidoscópicas de la cámara resultantes en una suerte de bellísima epifanía profana y hasta blasfema con ocasionales y premeditadas incursiones en el ridículo.

En un plano mucho más accesible se desarrolló el resto de la jornada, excepción hecha de Keyhole (Sección Oficial Nuevas Visiones – Ficción), desafortunada nueva propuesta de un cineasta al que admiramos, Guy Maddin, empeñado esta vez en ofrecer un espectáculo cutre de vanguardia sobre la memoria individual y creativa que nos recuerda a aquellos montajes teatrales del instituto y los primeros cursos de universidad, solo soportables por permitirnos estar cerca de la chica que nos gustaba, ansiosa por lograr gracias a las tablas la pátina intelectual que le negaban sus ojos azules de cielo raso y su cuello de porcelana. Ahora nuestra novia es Maddin, y habrá que perdonarle su implicación en ejercicios tan diletantes y vacuos como Keyhole.

Más prudente, y por tanto mejor acogido, ha sido Takeshi Kitano con Outrage Beyond (Sección Oficial Fantástica Galas), secuela de una cinta de mafiosos que estuvo asimismo programada en Sitges no hace demasiadas ediciones. Si el film original insistía desde lo genérico en la cansada autoconciencia creativa de Kitano, explorada antes desde un punto de vista autoral en Glory to the Filmmaker! o Takeshi's, Outrage Beyond es algo más convencional, aunque en su agotador retrato de luchas por el poder entre clanes de la mafia japonesa haya también un discurso, centrado esta vez en la defensa de la creatividad y los valores individuales frente a las superestructuras organizadas.

Y nos despedimos de Sitges 2012 con una proyección absolutamente promocional, la de Paranormal Activity 4 (Sesión Maratón Sorpresa), cinta que acaba siendo ligeramente superior a sus predecesoras por caer, era obvio que pasaría antes o después, en el contar una historia, más allá de la mecánica de sustos cada tanto tiempo registrados en el formato de metraje encontrado. Además, Paranormal Activity 4 usa como reclamo no demasiado ético el protagonismo absoluto de una deliciosa adolescente rubia, Kathryn Newton, a la que se emplea como gancho sexual ya desde el póster de la película. Vaticinamos éxito y muchas bromas a cuenta de esta estrategia.


VIERNES, 12 DE OCTUBRE


Ya fuese porque los programadores del festival anduvieron más atinados en esta jornada que en otras, o porque nosotros supimos elegir de modo más armónico, si algo ha caracterizado a esta jornada es el equilibrio entre el género y lo autoral, entre lo popular y lo exigente, tanto en lo referido al conjunto de los títulos comentados a continuación como en el seno de cada uno de ellos.

Iniciemos nuestro recorrido de hoy con Warrior (en la imagen), programada en la Sección Seven Chances. Sitges recupera así un título no estrenado comercialmente en España, algo que solo nos habla de la problemática situación del sector de la distribución, máxime teniendo en cuenta que nos hallamos ante un soberbio melodrama familiar y pugilístico de imágenes casi arquetípicas, contundentes como los puñetazos que se arrean dos hermanos (Joel Edgerton, Tom Hardy) de caracteres opuestos pero antecesor común, un padre (Nick Nolte) que a través de sus retoños ha hecho la guerra contra el mundo. Estupenda realización de Gavin O’Connor.

También estupenda, en la delgada línea que separa lo comercial de lo minoritario, es Seven Psycopaths, nueva comedia protagonizada por Colin Farrell para Martin McDonagh tras su celebrada primera colaboración conjunta, Escondidos en Brujas. Seven Psycopaths narra en principio la historia de un escritor (Farrell) que trata de concretar un guión que se convierta en la summa de las películas sobre asesinos en serie reuniendo a siete de ellos en pantalla.

Pero, a medida que el escritor va viéndose inmerso en peripecias demenciales por culpa de un enloquecido amigo (gran Sam Rockwell) y un mafioso de medio pelo (Woody Harrelson), Seven Psycopaths va revelándose toda una reflexión metacinematográfica sobre la creatividad en Hollywood, en la línea de la excepcional El ladrón de orquídeas. La cinta de McDonagh no llega al grado de excelencia de aquella, se pierde a menudo, pero a la postre no deja de brindarnos un experimento valioso, casi suicida teniendo en cuenta que era la carta de presentación de su responsable en la Meca del Cine.

Hablando de suicidios, nada mejor que pasar al cineasta surcoreano Kim Ki-duk, que el año pasado dejaba sobrecogido a Sitges con el docudrama Arirang, en el que testimoniaba sus miserias artísticas y existenciales sin contención alguna, en una situación anímica que hacía temer lo peor. Con su siguiente película, una ficción titulada Pieta [Piedad], Ki-duk ganó el León de Oro en el Festival de Venecia, por lo que esperemos que su autoestima esté algo recuperada.

Aunque, vista en Sitges (más concretamente en la sección Nuevas Visiones), Pieta continúa evidenciando, a través de una alegoría moral extrema centrada en el reencuentro de adultos entre un hijo y su madre, una visión atormentada del mundo y la existencia, lejos de la simple crudeza o el romanticismo que han caracterizado anteriores épocas del cine de Ki-duk. Pieta no es ni mucho menos la mejor película de su autor, pero es comprensible que fuese galardonada en Venecia por el primario desgarro emocional y formal que exhibe.

Aunque pueda sonar a broma, también ostenta bastante arrojo Sinister, programada en la Sección Oficial Fantástica a Competición. Una película de terror estadounidense protagonizada por Ethan Hawke y co-escrita y dirigida por Scott Derrickson, sobre un escritor –de nuevo, como en Seven Psycopaths o la floja A Fantastic Fear of Everything (también en la sección oficial)- que se instala con su mujer y sus dos hijos en la casa donde fue asesinada una familia para forjar lo que espera sea un best-seller que revitalice su carrera y que girará, obviamente, en torno a los crímenes.

Naturalmente, el escritor se topará con mucho más de lo que esperaba a través de unas películas caseras que encuentra en la casa y que muestran no solo los asesinatos que le interesaban, sino varios más tanto o más terribles que los que le habían llevado inicialmente hasta el lugar. Sinister se mueve entre el despliegue muy previsible y hasta puntualmente ridículo de la historia que hemos reseñado, y reflexiones de hondo calado y no poca mala intención sobre nuestra relación vampírica de ida y vuelta con el audiovisual, las ambiciones creativas, nuestro lugar en el mundo, y nuestra responsabilidad para con el disfrute de las imágenes. La reacción generalizada en Sitges ante Sinister ha sido en plan “a ver, para ser una peli comercial de Hollywood no está mal”, por lo que en pocos años será considerada un clásico del género.

Y no clásicos, sino el futuro del fantástico, conforma The ABCs of Death (Sección Oficial Fantástica Galas), recopilación de veintiséis cortometrajes que juegan con las letras del alfabeto para hablar de la muerte… en teoría, porque, como era lógico esperar, el conjunto es un disparate en el que se suceden visiones sobre cualquier aspecto del fantástico y el terror imaginable, siempre dentro de una tendencia general hacia la fisicidad y hasta lo escatológico. The ABCs of Death arranca con las peores expectativas (a lo que no es ajeno un corto lamentable del mistificado Nacho Vigalondo), pero cuando coge velocidad no da respiro al espectador, resaltando por encima de todos los demás los fragmentos firmados por Adam Wingard, Hélène Cattet & Bruno Forzani, Yoshihiro Nishimura y Srdjan Spasojevic.


JUEVES, 11 DE OCTUBRE


El Festival Internacional de Cine de Cataluña inicia su recta final apostando por títulos de gran atractivo y, en ocasiones, de inminente estreno, para aumentar la repercusión mediática y popular del certamen de cara a la viabilidad de futuras ediciones.

Ello no quiere decir, lógicamente, que hablemos de grandes títulos. Así por ejemplo, Invasor (en la imagen), programada en la Sección Oficial Fantástica Galas. Basada en la novela homónima de Fernando Marías, Invasor es una intriga de ambiente militar sobre un médico que vuelve de Irak con lagunas de memoria sobre lo que sucedió en su misión última. Por supuesto, el protagonista (encarnado por Alberto Ammann) descubrirá un complot para ocultar lo que pasó realmente en esa misión, y arriesgará su carrera y hasta la tranquilidad de su familia para darlo a conocer.

El problema de la película no es que sea una flácida muestra de acción deudora de la saga Bourne, sino que su argumento de fondo o, mejor dicho, sus implicaciones, son absolutamente inverosímiles en todo momento. Y eso que es más realista que la novela original. Si para algo sirve Invasor, es para certificar cómo alguien tan interesante como su director, Daniel Calparsoro, ha seguido los rumbos de toda su generación y ha sucumbido a la televisión y producciones tan anodinas como la que nos ocupa. Calparsoro sigue rodando con brío, sigue fiel a la mirada siempre intensa de sus personajes, pero los materiales con los que trabaja son cada vez de menos interés.

Un cineasta que ha seguido un camino opuesto a Calparsoro es Eduardo Sánchez, co-director en 1999 junto a Daniel Myrick de la pionera El proyecto de la Bruja de Blair, y empeñado ya en solitario en continuar practicando un terror invisible, de inquietantes connotaciones telúricas, primordiales, lo que hace que su producción sea escasa y su nombre hoy no suene demasiado.

No creemos que varíe esta situación la excelente Lovely Molly, programada en la Sección Oficial Fantástica a Competición. La historia de una mujer cuyo marido viaja continuamente, por lo que suele vivir sola en una casa que fue también la de sus padres. Poco a poco, irá siendo víctima de los fantasmas de su pasado, en una narración elíptica y misteriosa que no ofrece explicaciones sino sugerencias. Además, Sánchez sigue experimentando con la capacidad y los rangos de la imagen en el registro de lo inefable. Una película muy recomendable.

También lo es Wolf Children, vista en la Sección Oficial Fantástica a Competición. Un anime del japonés Mamoru Hosada, director previamente de la también celebrada en Sitges Summer Wars, que cuenta la infancia y juventud de dos hermanos cuyo padre fue… un hombre lobo. Fábula de extrema sensibilidad sobre la elección del propio camino en la vida, cuyo equilibrio entre lo fantástico y lo realista era muy difícil de conseguir. De lo más satisfactorio a nivel primario, emocional, visto en esta edición.

Dediquemos ahora unas líneas a Tulpa (Sección Oficial Fantástica Panorama a Competición). Realización del italiano Federico Zampaglione, que la pasada edición supo crear mal rollo en las plateas del festival con Shadows, una muestra de torture porn crepuscular y onírica. En Tulpa, Zampaglione cambia de registro decantándose por el giallo, ese subgénero estilizado y desquiciado generalmente sobre asesinos en serie que hizo fortuna entre los sesenta y los setenta del pasado siglo. Sin embargo, se muestra mucho menos innovador, hasta tal punto que Tulpa es un ejercicio correcto de mimetismo, pero no hay en ella ni un ápice de reflexión o interpretación del giallo. Sí existe un discurso de interés sobre la autorrealización personal sin restricciones.

Y acabamos con un título que también viene a reivindicar en cierto modo el cine italiano de hace cuarenta años: Berberian Sound Studio, programada en la Sección Oficial Fantástica a Competición. Con la excusa argumental de un técnico de sonido británico que llega a la Italia de los setenta para poner orden en la banda sonora de un subproducto de terror, el guionista y director Peter Strickland propone un exquisito ejercicio metarreferencial y estilístico como los que en recientes ediciones pasadas de Sitges brindaron Amer, Nuits rouges du bourreau de jade y Beyond the Black Rainbow pero, también, una mirada pesimista y melancólica sobre la alienación artística. Una película de atmósfera reservada, a veces casi críptica.


MIÉRCOLES, 10 DE OCTUBRE


Tened o no dudas: uno de los mayores aciertos de la presente edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña ha sido la programación de la última película de David Cronenberg, Cosmópolis, y de la ópera prima de su hijo Brandon Cronenberg, Antiviral. Para colmo, ambas compiten en la Sección Oficial Fantástica.

Es de Cosmópolis y las discutibles derivas del cine de David Cronenberg desde Crash (1996) hasta la fecha de lo que hablamos ayer. Hoy le toca el turno a Antiviral, en la que Brandon Cronenberg manifiesta haber absorbido el argumentario y el imaginario más idiosincrásicos de su padre hasta el punto de hacer que nos preguntemos, antes que nada, si es posible, natural, que un padre infecte a su hijo no ya con ciertas inquietudes artísticas, sino con una manera de ver el mundo y entender el cine que, desde luego, en el caso de David Cronenberg, han distado mucho de ser habituales.

Que el argumento de Antiviral podría hacernos pensar que Brandon Cronenberg es consciente de ello, es un hecho: en un futuro cercano o un presente alternativo al nuestro, el culto a las celebridades y los avances en genética y epidemiología permiten poder compartir sus enfermedades y su material genético. Para entendernos, no solo se podría disfrutar (sic) de Belén Esteban en el televisor, sino que también podría enfermarse de sus resfriados o herpes, o incluso devorarla en forma de filetes creados a partir de células suyas.

Una idea seminal a partir de la cual Brandon Cronenberg desarrolla una cinta a medio camino entre la ciencia ficción y la intriga que no termina de dar de sí como podría y que, como avanzábamos, debe lo suyo al David Cronenberg de Stereo (1969) y Crimes of the Future (1970). Pero ahí reside un interés importante de la película, siempre que se comprenda que el hijo no está reeditando y actualizando los temas del padre, sino ejerciendo sobre ellos una suerte de reflexión e incluso sw crítica.

Intuimos que da fe muy explícita de elloese bigote pintado con sangre sobre cierta celebridad, que remite directamente a la intervención de Marcel Duchamp sobre una postal de la Mona Lisa en 1919, y un desenlace que apela a la compleja relación actual con los referentes culturales y su vampirización, argumento que en esta edición de Sitges también han tratado Me @ the Zoo, The Conspiracy y Room 237. En definitiva, Antiviral no se titula así por capricho.

El otro gran título de esta jornada que cabe recomendar es El hombre de las sombras (en la imagen), programada en la Sección Oficial Fantástica a Competición y con estreno previsto en España el próximo 21 de diciembre. Es una película de terror sobre desapariciones de niños en una población norteamericana abatida por la recesión económica, que le está costando a su director, el francés Pascal Laugier, algunos bufidos por parte de quienes también abominaron de Martyrs (2008), su segunda y más renombrada (polémica) realización.

Rueda Laugier sin menospreciar el género fantástico, no lo explota como simple suma de códigos o como excusa. Por el contrario, usa un discurso personal muy marcado, siempre en torno a la orfandad individual y colectiva, las relaciones sociales de poder, la opuesta mirada sobre la realidad de opresores y oprimidos, para manipular lo fantástico y extraer de sus mecanismos nuevos significantes.

Opciones creativas que le hacen estar en tierra de nadie. Quienes gustan de películas de autor, piensan que es tosco. Quienes gustan del cine de género, le tachan de pedante. Como hemos explicado, ni una cosa ni otra. Laugier es una rara avis, un creador bastante singular, y vuelve a demostrarlo en El hombre de las sombras, una película sin duda discutible si solo pensamos en ella como intriga, pero con unas cargas ideológicas de profundidad considerables.

No es lo que le sucede a Tower Block (Sección Oficial Fantástica Panorama en Competición), nuevo ejemplo de lo que ya puede considerarse un subgénero violento y reaccionario inspirado por el eterno problema británico de las clases sociales.

Una espléndida Eden Lake (2008) abrió el camino, y de hecho Tower Block comparte con ella a uno de los actores, Jack O’Connell, que vuelve a encarnar a un joven matón de clase baja que, en esta ocasión, junto a otros vecinos de un bloque suburbial, habrá de sobrevivir a un tirador misterioso que va eliminándolos uno a uno. La película está llena de comentarios sociales atractivos (como las asimismo británicas Sightseers y Citadel, de las que hablamos en pasadas jornadas), pero su mayor problema no es ese sino que funciona de manera muy mecánica, poco más allá del simple entretenimiento.

Recomendemos por último dos títulos de terror, el género que Sitges ha desterrado a las madrugadas por aquello del miedo a la corrección política y de ofrecer un aspecto cultural más aseado.

Intuimos rápido que la primera, No One Lives (Sección Oficial Fantástica a Competición), nueva propuesta de Ryûhei Kitamura, firmante previo de Versus (2000) y El tren de la muerte (2008), es absolutamente demencial. Se centra en un asesino en serie elegante y perfeccionista (encarnado por Luke Evans) enfrentado a un grupo de delincuentes y sus rehenes. Mala sobre el papel, volcada en los momentos gore, las sorpresas absurdas y la posibilidad de secuelas, deudora sin tanta calidad de la magnífica The Collector, No One Lives acaba resultando como mínimo simpática porque su desvergüenza termina desvelando una extraña coherencia interna.

A la segunda, más gravedad: The Seasoning House (Sección Oficial Fantástica Panorama a Competición), fábula estéticamente sombría sobre un grupo de mujeres musulmanas explotadas durante la Guerra de los Balcanes en una suerte de prostíbulo serbio del que es imposible que salgan con vida. Durante su primer tercio de metraje, The Seasoning House se desenvuelve en una atmósfera alucinada, contemplativa, que sabe transformar los crudísimos sufrimientos de las mujeres explotadas en una abstracción pesadillesca. Después, el guionista y director Paul Hyett se cree obligado a contarnos algo, y la película se va por el desagüe.


MARTES, 9 DE OCTUBRE


Si jornadas como la de ayer decíamos que son de las que marcan un antes y un después en una edición, incluso un punto álgido en la historia de un certamen, la de hoy en el Festival Internacional de Cine de Cataluña ha sido todo lo contrario: una jornada de transición, anticipatoria de la traca final que tendrá lugar el próximo fin de semana.

Puede parecer en apariencia una aberración que incluyamos la primera película que comentaremos, Cosmópolis (Sección Oficial Fantástica a Competición), en este apartado de títulos de transición. Pero lo cierto es que, por mucho que se empeñen los fans recalcitrantes de su director, David Cronenberg, Cosmópolis (en la imagen) es una demostración más de la medianía creativa en que se ha sumido su carrera, medianía que ya anticipaban títulos como Una historia de violencia (2005), Promesas del Este (2007) y Un método peligroso (2011).

Basada en la novela homónima de Don DeLillo, a la que Cronenberg no ha aportado nada de interés relevante, Cosmópolis es la historia de un joven millonario empeñado en atravesar Nueva York en su limusina para cortarse el pelo en un lugar donde lo hacía en su infancia. Por supuesto, anécdota tan caprichosa es una excusa para trazar un panorama desolador de Occidente, del capitalismo emancipado de la realidad, de los miedos que afrontamos desde hace un tiempo, del final de un mundo.

Sin embargo, Cronenberg trabaja muy poco la reescritura del texto de DeLillo, y su puesta en escena es plomiza y funcional. Confía sin duda el director en que los continuos diálogos a dos bandas, las palabras, ejerzan un efecto hipnótico en el público y conjuren por sí solas el discurso. Y, aunque este queda claro, es de manera ilustrativa, derivativa, no artística. Basta comparar al Cronenberg de Crash (1996) con el de Cosmópolis para comprender que, sin descartar cambios sorpresivos de última hora, el realizador ha perdido la chispa creativa.

Lo demás han sido rarezas. Así por ejemplo, The Life of Budori Gosuko (Sección Anima’t), una película de dibujos animados clásicos y digitales que, siguiendo la estela de una popular novela de Kenji Miyazawa, desarrolla una historia que tiene tanto de bildungsroman como de fábula ecologista. Se trata de una cinta con tan honda raigambre en la cultura japonesa que este crítico se siente incapaz de valorar su calidad, pues desconoce muchos de los arcanos que maneja la ficción. En todo caso, The Life of Budori Gosuko desprende una melancolía especial, y también resulta algo pesada a ratos.

Otra película curiosa sobre el papel, pero totalmente fallida, es Camille Redouble, programada en la Sección Nuevas Visiones – Ficción. Es uno de los varios títulos que en esta edición han tratado los viajes en el tiempo, aunque por lo general sin intención fantacientífica ninguna sino reflexiva en torno a la existencia.

La Camille que protagoniza este film (interpretada por Noémie Lvovsky, asimismo directora y co-guionista) es una mujer madura que, al borde mismo del despeñadero laboral y sentimental, tiene la oportunidad de volver a su juventud para remediar sus errores, aunque la experiencia le hará descubrir que no todo puede –ni debe-cambiarse.

La presencia de un figurón del cine galo como Jean-Pierre Léaud y sus hechuras formales harán que algunos sobreinterpreten Camille Redouble, cuando no es sino una comedia vulgar y perezosa inspirada por Peggy Sue se casó (1986).

En cuanto a Me @ the Zoo, incluida en la sección Nuevas Visiones – No Ficción, es un inquietante documental basado en el caso de Chris Crocker, un chico de Tennessee tan atractivo como falto de luces que saltó a la fama hace un tiempo en Internet por sus vídeos dedicados a Britney Spears en YouTube y, más en concreto, por uno en el que solicitaba lloriqueando que se dejase en paz a la cantante, por entonces en precario estado psicológico y acosada por los medios.

Me @ the Zoo es en primera instancia un retrato no muy complaciente de Crocker, el enésimo monstruo coyuntural surgido a la sombra de Internet. Pero, por extensión, también atina al reflejar el grado de estulticia e inmediatez al que la red está abocando a la cultura, convertida en complemento de usar y tirar por parte de fans que han pasado de adorar a sus ídolos a vampirizarlos y canibalizarlos en nombre de su propia expresión.

Y la última propuesta de la jornada, Poonsang (Sección Seven Chances), es una mezcla imposible entre la obra sensible y torturada del surcoreano Kim Ki-duk –guionista y productor- y un cine de género con intenciones sociopolíticas. El resultado, una película de romanticismo tan desvergonzado que, como suele pasar en las realizaciones del propio Ki-duk, termina ganándose al espectador por muy ridículo que le parezca lo que está viendo.


LUNES, 8 DE OCTUBRE


Hay determinados pases en un festival que, debido a la calidad de la película proyectada o a circunstancias ambientales, acaban siendo inolvidables. En esta jornada del Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña, que marca el ecuador del mismo, ha habido más de una película de este tipo, por lo que será difícil que se nos olvide con el tiempo.

Comencemos para quitarlo de en medio pronto con lo menos interesante: Headshot (Sección Oficial Fantástica a Competición), nueva propuesta del director tailandés Pen-Ek Ratanaruang, firmante previo de títulos tan estilizados y discutibles como Seis Nueve (1999), Invisible Waves (2006) y Ninfa (proyectada también en Sitges en 2009, una de las mejores suyas).

Con Headshot (en la imagen), Ratanaruang se vuelca en una intriga aparentemente más accesible que en otras ocasiones, aunque el hecho de que el protagonista (un ex-policía que tras ser expulsado del cuerpo injustamente se convierte en asesino a sueldo para causas justas) reciba un disparo en la cabeza hace que vea el mundo del revés, lo que consecuentemente también afecta a la realización de la película.

Headshot es una película moralista, una fábula sobre el karma y el pago de nuestros pecados con una visión negativa de Tailandia. Lo que no tiene nada de malo, salvo porque algo tan sencillo Ratanaruang se empeña en hacerlo no complejo sino complicado, lo que acaba distanciando al espectador de lo que ve. Aun así, algunos momentos están dotados de una delicada plástica.

Plástica que brilla por su ausencia en Sightseers (Sección Oficial Fantástica a Competición), la primera de las grandes películas que vimos ayer. Dirigida por Ben Wheatley (de quien Sitges ha programado esta edición su ópera prima, la interesante Down Terrace, y el año anterior la segunda, Kill List), Sightseers es una comedia negra, cruel, misantrópica, sobre una pareja que acaba de conocerse y pretende disfrutar de unos días juntos recorriendo lugares pintorescos de Gran Bretaña.

La travesía se convertirá en un grotesco viaje iniciático sembrado de cadáveres y situaciones a cada cual más demencial, dentro siempre de un orden y un tono uniforme que Whitley maneja perfectamente. Consigue así que Sightseers reflexione a la vez y armónicamente sobre muchas cosas: las relaciones de poder en la pareja, la volubilidad del amor, los fantasmas de la sociedad británica, lo civilizado y lo primigenio (tema constante en esta edición), la alienación de la clase media... Una magnífica película, gracias también a los trabajos de la pareja protagonista, Alice Lowe y Steve Oram.

Mejor todavía es The Lords of Salem, vista en la Sección Oficial Fantástica Galas. Pero fue recibida con silbidos, quizás porque rompe totalmente con lo que se esperaba de su director, el también músico Rob Zombie. Y es cierto que The Lords of Salem supone un gran cambio para los que solo aprendieron a gozar de Zombie por lo superficial en La casa de los mil cadáveres (2003), Los renegados del diablo (2005), Halloween: El origen (2007) y Halloween II (2009).

Sin embargo, The Lords of Salem, prototípica historia de posesión de una chica de hoy, locutora en un programa de radio consagrado al gótico que Zombie practica, por parte de un culto de brujas quemadas en el siglo XVII, es una fascinante summa de todos los argumentos vistos en las películas citadas, así como un paso autoral hacia delante (¿hacia el abismo?) de madurez casi inquietante.

Y es que a través de una puesta en escena simple, elegante, de árida belleza, empeñada en subrayar en todo momento el carácter matérico de la anécdota fantástica y de la escenografía que la plasma, Zombie traza una línea que comunica su universo creativo con toda una tradición subversiva, dando carta de nobleza a un tipo de terror y un tipo de subcultura convertidos a estas alturas en estereotipos inocuos. No es casual al respecto la primera emisión de radio a la que asistimos, un ejercicio de radiofórmula que produce vergüenza ajena, ni tampoco es casual lo que declara un testigo de la singular ceremonia que cierra el film: "Cuando me acerqué al escenario, creí que se trataba de una representación. Pero todo era real."

Es imposible hacer justicia a The Lords of Salem en un texto de este tipo. Concluir únicamente que se trata de una película blasfema en todos los sentidos de la palabra, quizás de una gran trascendencia de cara al ejercicio futuro de cierta clase de terror, y que sabe hacer de la máscara, el ruido y los excesos vehículos perfectos de expresión personal y artística, al fin y al cabo la obsesión de Zombie en toda su filmografía.

Vista The Lords of Salem, todo lo demás queda algo difuminado. Pero conviene no menospreciar Safety Not Guaranteed (Sección Oficial Fantástica a Competición), nuevo y bonito ejemplo de esa curiosa fusión última entre el indie y lo fantástico que ejemplifica sobre todo la Brit Marling protagonista y guionista de Otra Tierra (pasada edición de Sitges) y Sound of My Voice (también programada esta edición, en la Sección Nuevas Visiones - Ficción). Safety Not Guaranteed es una película sobre viajes en el tiempo divertida y romántica, que viene a decirnos que todas las travesías son en el tiempo, y que el único motor que puede garantizarnos un destino digno de ser vivido es el del valor y la aceptación de que la vida viene como viene.

También recomendables son la sórdida Miss Lovely (Sección Nuevas Visiones - Ficción), cinta hindú sobre la cara oculta de Bollywood; Citadel (Sección Oficial Fantástica Panorama en Competición), otro ejemplo de sublimación de lo cotidiano en horror reaccionario por parte del cine británico; y hasta No One Lives (Sección Oficial Fantástica a Competición), delirante película sobre asesino en serie perfeccionista que huele a comienzo de franquicia. Dirige Ryuhei Kitamura (Versus, El vagón de la muerte).

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